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Acostúmbrame a tus alas

jueves, 6 de mayo de 2010
Mientras caía en el abismo tus alas en mi brotaron, y  volé mientras en mi crecían, y el vértigo que pensé tendría nunca apareció. El solo sentimiento de mi vida a salvo basto para borrar de mí los miedos a los que antes sucumbí.

Por un tiempo disfrute del cielo como nunca en mis sueños imagine,  surcando con tal literalidad, nadando entre sus invisibles corrientes, y aún más alto que cualquier nube.

Pero mi peso era demasiado para las nuevas alas, que aunque imponentes, también eran frágiles por su corta edad.

Y a la planicie volví. Mis pies reconocieron el terreno y entendí por qué no los quitaste de mí. Era claro que ahora parecían mis alas ser mis apéndices en vez de mis pies como aparentaban en el cielo.
En la tierra, mis alas me parecían obsoletas, hasta ser una molestia.

 Las reacciones que causaban a los demás acrecentaban este sentimiento. Algunos las creían falsas, un truco, una mera falacia, y si acaso las reconocían como reales, solo era tomado por un loco.

Y otros al verlas se maravillaban y curiosos me hacían preguntas. Yo les respondía con alegría, consciente de mi enorme privilegio. Buscaba las mejores palabras, las que mejor expresaran las sensaciones que sentía al usar mis alas, al hacer realidad el sueño del hombre que distaba tanto de lo que había logrado hasta ahora. Pero tristemente mis ocupaciones terrenas fueron demandándome más tiempo, y hubo semanas en las que no volaba más.

Poco a poco los intervalos de tiempo entre vuelo y vuelo se hicieron más largos. Fue entonces cuando las conversaciones con los demás más que permitirme expresar, acrecentaban una condición triste que en mi iba surgiendo ¿Qué podría yo hablar estando en esa condición?

Y hoy contemplo la misma imagen de aquel primer día. Sentado aquí, siento el viento correr por mis alas, y veo las aves volar veloces.

Me lanzo

Tus alas parecen brotar nuevamente en mí. Y todo empieza otra vez ¿pero hasta cuándo?

Acostúmbrame a tus alas.

Ícaro

lunes, 5 de octubre de 2009
Caigo
Compito con densas gotas destiladas de mis antes bellas alas, con que hace unos momentos intente alcanzar al sol. Sol que de ser mi más vehemente deseo, se ha convertido en mi indiferente verdugo.

Habíamos salido de la terrible prisión en que confinados, suspirábamos con dolor. Y sin embargo fuimos libres. El cielo azul parecía ofrecerme un número infinito de posibilidades, un futuro lleno de promesas. Y ahora el futuro se muestra oscuro, definido.

Caigo
Siento que en cualquier momento chocare con el suelo. Siento que en cualquier momento me asiré de algo.

Caigo
Escucho la voz cada vez más lejana de mi padre, el único lazo que me une a esta vida, además del vértigo y las terribles nauseas que traspasan mi ser.

Con esfuerzo logro mirar el horizonte, el mar, mis prisiones. Mi ser se esta acostumbrando.
Pero ¿Quién soy? Ya no debo de ser yo, pues el era, el existía, en cambio yo…o en lo que me he convertido es una transición entre yo y la muerte, en donde solo un instante será el tramite.

La nausea se ha retirado, ya no siento nada
Caigo
La luz me atraviesa
Caigo
Ya no hay dolor, ya no hay culpa
Caigo, caigo

Sofía

miércoles, 23 de septiembre de 2009
Sus ojos se esforzaban cada vez más, como si con la mirada fuera a retener aquel tren que se aleja con rapidez. Solo se distinguía un difuso rastro de humo que traía a la memoria los recuerdos de tiempos más felices.

Las lágrimas comenzaron a brotar de aquellos ojos hinchados. -¿No he llorado ya bastante?- pensó pero sus ojos no le hicieron caso, aun había mucho que llorar.
Parada allí, gemía con dolor mientras gente iba y venia en su quehacer matinal. Ella, sola, con su agonía. Hubiera deseado que alguien la abrazara, que alguien le hiciera compañía y si bien no pudiera hacerla reír, por que estaba decidida a no volverlo a hacer, por lo menos llorase junto a ella.

Pero los rayos del alba aparecieron, metamorfosiando con lentitud la madrugada. Había que seguir con las ocupaciones diarias, había que seguir con la vida. Había que ayudar a mamá a cocinar el desayuno, levantar a sus hermanos y llevarlos a la escuela. Papa tendría hambre y había que llevarle el almuerzo a la imprenta. Por un momento le parecía percibir el penetrante aroma de la tinta en las manchadas manos de su padre. Seco sus lagrimas como pudo y, armada de valor camino en dirección a su hogar.

De cuando en cuando tenía que volver a repetir esta operación, resolviéndose a dejar el llanto. Pero el ajetreo de la gente aumentaba en su ser la sensación de soledad , sensación que la empujaba al sollozo y a la desesperación. Y a nadie le importaba.

Finalmente atravesó la puerta de su casa.

-Hermanitaaa- Grito una boquita rosada de cinco años, sobre la cual dos ojos brillantes e inocentes y algo adormilados se abrían, mientras sus bracitos se esforzaban por abrazar a la recién llegada.

Sofía, como si fuera el más experimentado doctor, había dado la dosis precisa que el alma de su hermana mayor necesitaba. Y esta sintió como si todo el universo se compadeciera y llorara junto a ella y la abrazara. Todo estaba bien.
Y la vida seguía. Había que ayudar a su mama a cocinar el desayuno, levantar a sus hermanos y prepararlos para ir a la escuela. Papa tendría hambre y había que llevarle el almuerzo a la imprenta. Por un momento le parecía percibir el penetrante aroma de la tinta en las manchadas manos de su padre. Seco sus lágrimas como pudo y, armada de valor camino.